Impronta y sus hijos los patitos ( Extracto de Terapias para el desarrollo del potencial humano)
Cualquiera que haya contemplado el nacimiento de un ternero habrá comprobado que no necesita ser enseñado
por nadie para poder encontrar la ubre de su madre; tampoco una cría de
macaco rhesus requiere de ningún aprendizaje para agarrarse con firmeza
al cuerpo de la madre y no soltarse de ella, pase lo que pase. De la
misma forma, los pollos de codorniz recién salidos del huevo se están
completamente quietos y agazapados en el terreno, sin que nadie les haya
explicado que eso es lo más conveniente para su supervivencia. Hay una
multitud de ejemplos, pero un caso concreto sacudió los pilares del
conductismo.
Konrad Lorenz era un zoólogo y etólogo austriaco que
desde niño había sentido fascinación por los patos, los gansos y las
ocas. Aunque inició su formación en medicina, dedicó la mayor parte de
su vida a estudiar el comportamiento de los animales en su hábitat
natural. Lorenz, como tantas personas antes y después que él, había
observado que los pollitos de estas aves nada más romper el cascarón,
echan a andar detrás de la madre. La imagen de una hilera de pequeñas
ocas siguiendo a la madre oca es probablemente familiar para todo el
mundo; pero Lorenz reparó en que cuando los gansos, patos u ocas, no
encontraban a la madre al nacer, seguían a la primera figura que
encontraran, con tal que fuera más grande que ellos y se moviera. Así,
el propio Lorenz se convirtió en la madre de muchas generaciones de patitos.
Las imágenes del Konrad Lorenz seguido por una hilera de gansos u ocas recién nacidos son célebre
en los manuales de psicología y etología; también aquellas en las que
aparece trabajando en su despacho y rodeado de multitud de patos
adultos; o aquellas otras en las que nada en un lago mientras algunas
ocas lo hacen a su alrededor: Una vez que los pollitos habían
establecido el vínculo con él mostraban una tendencia inquebrantable a
seguirle allí donde fuera. Lorenz llamó a este fenómeno Impronta
e hipotetizó que tenía un importante valor adaptativo: Para poder
sobrevivir, lo mejor que puede hacer un patito recién nacido seguir a su
madre. Y ya que la madre será probablemente la primera figura en
movimiento que vean, la programación genética está orientada hacia ello:
Seguir a la primera figura en movimiento que ven al nacer.
Los trabajos de Lorenz agrietaron seriamente la idea
de que toda conducta es aprendida: ¿Quién enseñaba a los patos a seguir a
su madre por el campo? ¿Quién enseñaba a las ocas a seguir a Lorenz
hasta su despacho? El concepto de impronta, entendida como un
vínculo entre la madre y su cría, entraba en colisión directa con los
postulados conductistas. Y a medida que fueron acumulándose las
investigaciones y los experimentos de los etólogos, fue más innegable
que había conductas que no eran aprendidas, sino innatas.
El apego, la búsqueda de cercanía y contacto físico
entre una madre y su cría, era una de ellas y tenía un importante valor
de supervivencia. Este hecho, unido a los trabajos del René Spitz en las
maternidades, sugería que el cariño en el proceso de crianza no sólo es
lo natural y deseable, sino lo necesario.
Manuel Vitutia Ciurana
ResponderEliminarPsicólogo y Colaborador de Despierta Terapias
deja que usemos este material porque le interesa que lo difundamos solamente para que crezcan niños y niñas felices... porque como muy bien el lo dice... el desapego es una epidemia social que se transmite de generacion en generacion...y esto lo agrego yo desde mi humilde opiniñon, sin tener ninguna delecion cromosomica o mutacion genetica!
Lo cierto es que es entrañable ^^
ResponderEliminarSaludos Ariana!